jueves, 29 de noviembre de 2012

Con un helado

Qué sería la vida sin reír, sin sonreír. Y sin pasarlo bien.

¿Algo gris y monótono? Quizás. Quién sabe. Lo que si tengo muy claro es que cuando te diviertes, el tiempo vuela, y ahora miro hacia atrás y me hubiera gustado que ciertos momentos no hubieran pasado tan rápido como lo hicieron.
Pero el pasado, pasado está. De nafa vale vivir en él.

Personalmente, hay muchos buenos momentos que me gustaría que volvieran a acontecer. Pero tengo todo un futuro por delante para vivir y, la verdad, no quiero desperdiciarlo mirando hacia lo que una vez fue (o pudo haber sido) para, cuando logre mirar al frente, darme cuenta de que voy a chocar contra un gran muro. El muro del pasado, que no te deja ir.

Por eso he decidido pasar página. Otra etapa de mi vida se cierra, y espero conseguir echar a volar algún día. Volar, quizás, a un lugar lo suficientemente alto para poder contemplar una puesta de sol sin obstáculo alguno, mientras me quedo embobado con la gran diversidad de matices que el sol provoca al decirnos, como cada día, hasta mañana.

          - "Man, time flies..."

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Siempre el mismo final

          - Usted perdone, no pretendía asustarla.
          - Ah, no me asusté. Es sólo que es usted un...
          - ¿Un extraño?
          - Ajá.
          - ¿Pero no lo recuerdas? ¡Ya nos habíamos conocido antes!
          - ¿De veras?
          - Por supuesto, tú misma lo has dicho, una vez en un sueño.

Con los escasos 10 segundos que dura este pequeño diálogo entre Aurora y Felipe, Disney nos presentó al estereotipo de 'Príncipe Azul'.
Desde entonces, corregidme si me equivoco, todos hemos soñado alguna vez con encontrar a esa persona. Ese joven ideal, como hecho a medida para uno mismo, con el que poder ser feliz por conmpleto.

La realidad no puede sino estar más lejos de este concepto. O al menos, eso es lo que la vida me ha enseñado: no existe nadie perfecto. Y mucho menos ese 'Príncipe Azul'.
Si ya de por si es difícil encontrar amigos de verdad (no de esos que sólo están en los buenos momentos, sino aquellos que de verdad se preocupan por ti y les importas), el toparte con una persona así no puede ser más que una ilusión. Sobre todo si eres tímido.

Con esto no niego que no sea posible encontrar el amor, una persona a la que le gustes y te quiera tal y como eres, sino que no existe esa media naranja que nos gustaría tener. Puede tardar más o menos tiempo (o eso me gusta creer) pero, en general, ese bebé con alas llamado Cupido siempre acaba acertando con alguna de sus flechas con punta de corazón en tu trasero.

Hasta ya lo dicen los propios personajes: ya se habían conocido antes, una vez en un sueño. Y como pasa con todos los sueños que tendrían un final feliz, siempre acabamos despertando y volviendo a la realidad cuando va a llegar la mejor parte.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Simple y efectivo... ¿O debería de decir afectivo?

Todos conocemos esa sensación que te deja la llegada de un bajón.
Te encuentras completamente desganado, ves todo gris y oscuro, y quieres ir a la emoesquina.

Ante esta situación, suele haber dos opciones: ponerse música deprimente para acabar peor aún, o intentar animarse. Últimamente parece que está de moda la primera, cosa que no entiendo. Personalmente, yo intento poner en práctica la segunda, unas veces con más éxito que otras. No me gusta ver a la gente mal, y tampoco soy tan rarito como para gustarme estar así.

 Al final acabas desahogándote con ese amigo con el que tanta confianza hay tarde o temprano, porque no puedes aguantar más. Necesitas explotar.

El problema viene cuando uno no tiene a esa persona, y se contiene. Se guarda todo para sus adentros.
Pasa el tiempo. Se va acumulando. Y tarde o temprano, te das cuenta de que hay algo dentro de ti, no sabes lo qué, que te hace sentir extraño. Entonces es cuando acabas recordando que llevas demasiado tiempo así y que te gustaría poder explotar, desahogarte, quitarte esa sensación de encima.

Le pegas a un muñeco de bolitas de poliespán. Gritas. Acabas dándote por vencido.
Es entonces cuando te das cuenta de que hay algo que necesitas. Algo que recuerdas vagamente, que hace mucho que no recibes.

Un abrazo.

Pero no uno cualquiera, sino un abrazo que te haga sentir especial, que permita que las lágrimas afloren y recorran tus mejillas. Que dé sensación de calidez para contrarrestar el frío del páramo en el que te habías perdido.

Os preguntaréis el porqué.
Es simple, ya se sabe... Con un abrazo puedes llegar a expresar una infinidad de sensaciones, emociones o cosas que con palabras sería muy complicado, o incluso imposible.
Por eso, en muchas situaciones un abrazo es el mejor remedio que puede haber.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Crecer

Abres los ojos lentamente y piensas que quieres quedarte en la cama 5 minutos más. Pero acabas levantándote porque tienes que ir a clase.

Antes lo hacías con tu madre dándote los buenos días y una sonrisa pintada en la cara, sin preocuparte de poco más que de coger la mochila y llevar el taco de cromos de para cambiar con los amigos.
Ahora ya es simplemente rutina. Monótona y cansina.

Si hay una cosa que extraño es eso, los viejos tiempos en los que lo único que importaba era que llegara la hora del recreo para salir a jugar y pasarlo bien, no importaba con quién. Sobre todo porque la máxima preocupación era querer arreglar las cosas con ese amigo con el que te habías enfadado. Y eso en 5 minutos ya estaba solucionado, no como las cosas que tenemos metidas en la cabeza hoy en día (que hay veces que parece que el conflicto no tiene fin).

Cuando creces, maduras. O, al menos, deberías de hacerlo.
El único inconveniente que le encuentro a esto es que dejas atrás la inocencia y la alegría, y pasas a ser consciente en mayor medida de la realidad y del mundo que te rodea, llenando tu cabeza de problemas y preocupándote por cualquier cosa que pase en tu entorno, sea una idiotez o no. Y hay días que no puedes dejar de pensar y darle vueltas a todo esto, cosa que no hace ningún bien. Supongo que ya lo habréis experimentado.

Quizás la solución hubiera sido ir al País de Nunca Jamás mientras hubiera sido posible, cuando aún creíamos que de verdad existía, al igual que esos 'Príncipes Azules' de todos los cuentos de hadas que nos contaban antes de dormir.

Pero ya se sabe que los cuentos, tan sólo cuentos son.