Abres los ojos lentamente y piensas que quieres quedarte en la cama 5 minutos más. Pero acabas levantándote porque tienes que ir a clase.
Antes lo hacías con tu madre dándote los buenos días y una sonrisa pintada en la cara, sin preocuparte de poco más que de coger la mochila y llevar el taco de cromos de para cambiar con los amigos.
Ahora ya es simplemente rutina. Monótona y cansina.
Si hay una cosa que extraño es eso, los viejos tiempos en los que lo único que importaba era que llegara la hora del recreo para salir a jugar y pasarlo bien, no importaba con quién. Sobre todo porque la máxima preocupación era querer arreglar las cosas con ese amigo con el que te habías enfadado. Y eso en 5 minutos ya estaba solucionado, no como las cosas que tenemos metidas en la cabeza hoy en día (que hay veces que parece que el conflicto no tiene fin).
Cuando creces, maduras. O, al menos, deberías de hacerlo.
El único inconveniente que le encuentro a esto es que dejas atrás la inocencia y la alegría, y pasas a ser consciente en mayor medida de la realidad y del mundo que te rodea, llenando tu cabeza de problemas y preocupándote por cualquier cosa que pase en tu entorno, sea una idiotez o no. Y hay días que no puedes dejar de pensar y darle vueltas a todo esto, cosa que no hace ningún bien. Supongo que ya lo habréis experimentado.
Quizás la solución hubiera sido ir al País de Nunca Jamás mientras hubiera sido posible, cuando aún creíamos que de verdad existía, al igual que esos 'Príncipes Azules' de todos los cuentos de hadas que nos contaban antes de dormir.
Pero ya se sabe que los cuentos, tan sólo cuentos son.
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